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Richard Serra, premio Príncipe de Asturias de las Artes 2010
El escultor Richard Serra ha sido galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Artes 2010, según se ha dado a conocer hoy en Oviedo por el jurado encargado del fallo.
Serra, de padre español pero nacido en Estados Unidos, es uno de los escultores más relevantes de la vanguardia de la segunda mitad del siglo XX por su innovadora visión al integrar los espacios urbanos a través de una obra que invita a la reflexión. Al conocer la noticia, Richard Serra no ha querido perder la oportunidad de agradecer a España el reconocimiento a su obra.
El nuevo Príncipe de Asturias de las Artes 2010, es autor, sobre todo, de esculturas de gran tamaño diseñadas con materiales industriales tales como el plomo, el acero y el hormigón. Algunas de ellas están localizadas en sitios tan emblemáticos como Nueva York, París o los museos de Madrid y Bilbao; incluso en Islandia, tan de moda últimamente por los problemas que están ocasionando las cenizas del ya famoso volcán Eyjafjalla.
Desde meridiano 180º os invitamos a visitar sus grandes obras y de paso darnos una vuelta por el mundo.
En España se expone su obra en el Museo Reina Sofía de Madrid, en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y en el Guggenheim de Bilbao, donde se ubica la obra La Serpiente. Este museo alberga además una obra que el propio autor entiende como la más importante de su carrera, La materia del tiempo.
Cinturones, expuesta en el Guggenheim de Nueva York. Montajes realizados en neón y caucho:
Splashing, obra que realizó arrojando plomo derretido contra una pared y el suelo para que el metal se estrellara antes de solidificarse:




Arco inclinado, situado en la Plaza Federal de Nueva York:
Clara-Clara, en la Plaza de la Concordia de París:

Afangar, localizada en Islandia:
Los premios tendrán lugar en Oviedo en la tan especial ceremonia presidida por los Príncipes de Asturias en octubre.
Más información en www.fpa.es.
Turismo casero, una gira por nuestra ciudad
La palabra turismo parece denotar siempre consumo, gasto y viajes; sin embargo lo que a continuación proponemos es una manera fácil de hacer turismo sin gastar mucho dinero y sin movernos de nuestro lugar de residencia: el “turismo casero”, es decir, conocer a fondo nuestra propia ciudad.
Nos convertimos en excursionistas
Para comenzar, es muy importante mentalizarnos de que somos unos turistas al uso, esto implica olvidarnos de las ideas preconcebidas de los lugares que vamos a conocer. Además, como todo buen explorador, es preciso contar con una cámara de fotos para inmortalizar todo aquello que nos llame la atención, y una indumentaria y calzado cómodos; además sería bueno contar con una libreta para apuntar todos aquellos datos nuevos. No estaría de más, ya que somos turistas, contar con un plano y organizarnos más o menos con un plan de ruta, ya no tanto con horarios, que podrán ser flexibles puesto que estamos en casa, sino con zonas o lugares de interés.
Puede parecer extraña esta propuesta, pero no lo es tanto. Pensemos que, habitualmente, salimos por nuestra ciudad a carreras de casa al trabajo y viceversa, y nuestro ocio lo dedicamos a lo puramente español: bares y tiendas. En conclusión, todo se reduce a gastar, y recorrer más o menos los mismos lugares de lunes a domingo sin salirnos de un esquema parecido.
Hacer algo nuevo en nuestra localidad
E turismo casero es una manera económica de “consumir” nuestro tiempo libre. Podemos visitar museos (sería bueno recoger panfletos y conocer cuándo son las jornadas de puertas abiertas o de precios reducidos), las plazas más ambientadas, un parque característico, zonas desconocidas… No sólo proponemos pasear por sitios prácticamente desconocidos para nosotros, quizá con una buena compañía, escuchando música o simplemente observando lo que nos rodea. Sino conocer en profundidad los edificios institucionales, por ejemplo, el ayuntamiento o la diputación; o los históricos, para saber las labores que desempeñan en la actualidad. Por supuesto, las posibilidades se multiplican cuando se trata de ciudades grandes donde, en ocasiones, no conocemos zonas o barrios enteros de nuestra ciudad. No obstante, no hay que despreciar las pequeñas localidades, todas esconden un gran encanto digno de descubrir.
¿Cuántas veces nos damos cuenta de que no tenemos ni una foto en nuestra catedral o en nuestra Plaza Mayor? Con seguridad tienen más fotos nuestras visitas que nosotros. Por no hablar de cuando tenemos huéspedes y nos preguntan por éste u otro edificio y no sabemos decirles ni dónde está ni para qué sirven. Nos esforzamos en salir de casa para conocer en profundidad monumentos típicos a los que no nos hemos acercado en nuestra localidad.
Conocer nuestra propia ciudad más de cerca no sólo nos enriquece personalmente, también nos permite conocer cosas que seguro que nos sorprenderán. Y sobre todo, la próxima vez que alguien nos visite seremos unos excelentes guías turísticos. ¡Ah, sin gastar dinero ni hacer las maletas!
Candelario y sus batipuertas
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5º 43´ 38.9478” W 40º 21´49.5383”
Por Alicia Matesanz y Claudio Fernández
Las pasadas vacaciones decidimos hacer un alto en nuestro camino para redescubrir un precioso pueblo en la provincia de Salamanca: Candelario. Enclavado en la montaña salmantina y a 70 kilómetros de la capital de la provincia, forma parte de la comarca de Béjar y es una de esas típicas localidades que perpetúa todo el encanto de hace siglos.
Lo primero que nos llamó la atención de Candelario es que casi todas las casas son iguales, y esto se debe sobre todo a lo que se denominan batipuertas. Unas puertas que, según pudimos saber, hacen famosa a la localidad ya que es la única de la zona que las posee. Se trata de una especie de sobrepuertas que se colocan delante de la entrada a las viviendas. Sólo miden la mitad que las comunes, son de madera, y su parte superior está torneada en una curiosa forma de caída.
Dos versiones sobre su uso
Lo siguiente que nos preguntamos fue cuál era su función o si era una mera cuestión estética. Encontramos la respuesta en un panel informativo; uno de tantos, ya que Candelario está tan preparado para el turismo, que a cada paso se encuentra una explicación de las tradiciones de la zona. Allí descubrimos que sobre las batipuertas se utilizan a modo de burladeros caseros, para poder abrir las puertas de casa sin que los animales se colaran dentro, sobre todo mientras realizaban las matanzas, y así disfrutar de la claridad y el fresco sin peligro. Por el contrario, algunos vecinos dicen que estas puertas evitan que, en invierno al ser un pueblo de montaña, la nieve se meta en las casas. Por lo visto hay dos versiones.
Las regaderas, otra particularidad de Candelario
Precisamente, relacionado con las nevadas, nos encontramos con las regaderas, unos canales que recorren casi todas las calles. Los vecinos afirman que también sirve para el deshielo, para que el agua de los neveros de la montaña corra por las acanaladuras. Pero nuevamente aparecen dos opiniones. La otra atestigua que es para que, en época de matanza y chacinería, la sangre sobrante pueda discurrir por estos pequeños riachuelos, mezclarse con el agua y así, mantener limpias las calles.
Además de estas dos curiosidades que hacen de Candelario un lugar singular, pudimos disfrutar del paisaje de la plaza del Humilladero, a la entrada del pueblo, la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, y sus empedradas calles en cuesta.
Sin duda, hay que visitar Candelario y pasar allí un par de días. Quizá disfrutando de alguna de sus fiestas, como el Día del Chorizo (17 de enero, San Antón), la fiesta en honor de la Virgen de la Candelaria (el 2 de febrero), la representación de la “boda típica”, el segundo domingo de agosto; o la fiesta del veraneante, el 26 de julio, en honor de la patrona, Santa Ana.
Podemos asegurar que no hay nada tan relajante como escuchar el agua que corre por los regueros de las calles en el silencio de la noche, o cómo no, de una siesta. No obstante, nos gustaría mucho volver a Candelario en invierno para disfrutar del encantador paisaje con las grandes nevadas. Además, gracias a la información turística, sabemos que se ofertan gran cantidad de rutas de senderismo para conocer bonitos lugares de la zona.
Conserva su arquitectura tradicional
Candelario es un pueblo pequeño, que se conoce y recorre en medio día, pero merece mucho la pena acudir porque conserva su arquitectura tradicional como hace siglos. Sin ir más lejos yo (Claudio) lo visité cuando tenía unos doce años en una excursión del colegio y lo recuerdo tal cual lo he visto ahora, dos décadas después. Sus gentes saben lo que tienen, cómo conservarlo y cómo sacar partido de ello para que, tanto los turistas como los vecinos disfruten en cualquier época del año.
Luarca, un gran puerto, siete puentes y algo más
Asturias no solamente es la patria querida de sus “hijos”, sino que además es una provincia que puede sentirse orgullosa de estar plagada de pequeños “pueblines” cargados de tal encanto que, todos y cada uno de ellos, merecen una mención. Este es el caso de Luarca, situada en el concejo de Valdés (segundo mayor de la región), y que cuenta con algo más de cinco mil habitantes.
Esta localidad occidental, que dista 90 kilómetros de Oviedo, capital del Principado, quizá no sea excesivamente conocida por el viajero común a pesar de la gran importancia de su puerto pesquero, siempre lleno de pequeñas y grandes embarcaciones. Sin embargo, Luarca destaca también por sus puentes, siete nada menos, que unen las dos mitades de la villa que están separadas por el río Negro. Además de sus casas, sus serviciales vecinos, como suele ocurrir en toda la provincia; sus calles, algunas con empinadas cuestas; y sus locales familiares hacen que un simple día de visita se convierta en una experiencia de lo más agradable.

Cada rincón merece una postal; cada puente, ser cruzado; cada olor, ser recordado; y cada sabor, repetir hasta saciarse. La sidra, el mar, los mariscos y pescados, casitas blancas, un cementerio en lo alto, una plaza, una iglesia, todo ello reunido a modo de herradura alrededor del puerto.
Poco más se puede decir, porque Luarca es uno de tantos lugares asturianos que visitar y ver por uno mismo. Hasta entonces, el comienzo de su poema tradicional aporta una idea de lo que el viajero puede encontrarse.
Hay un tajo en la roca viva,
que el mar abrió tal vez con sus enojos,
un lindo pueblo de hermosura esquiva
que nunca entero muéstrase a los ojos.
Lo parte en dos por gala y bizarría
un río con sus aguas transparentes
que fluyen sin cesar con armonía
bajos los arcos de sus siete puentes. (…)














