Fumone, el pueblo italiano donde hay un niño muerto en un armario

El nombre se debe a las fumatas que se montaban sus reyes en el pueblo
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Si creímos que el Renacimiento fue la mejor época italiana, igual nos estábamos equivocando (o igual no, el Renacimiento nos trajo El David). No obstante, como este post va de Lazio, la misma provincia donde está Roma pero que poca gente visita (todavía no entendemos muy bien el por qué), aquí nos quedamos con la época medieval: murallas, torres, castillos, catedrales… Elementos que siempre gustan y que aún perviven y se repiten en cada uno de los trescientos pueblos (casi logramos recorrerlos todos) que salpican Lazio, algunos de ellos considerados como los más bonitos de Italia. No discrepamos.

Fumone es uno de ellos. Ubicado en lo alto de una colina, no permite la circulación de coches, por lo que es uno de los mejores para perderse por sus pedregosas calles con cámara en mano, muy a pesar de tu acompañante. Sobre todo cuando cae la noche, momento en el que su castillo se ilumina y por él comienzan a corretear los fantasmas que protagonizan algunas de sus mejores leyendas. Nosotros, particularmente, no hemos visto ninguno pero, con la cantidad de gente que murió allí asesinada, alguno tendrá que haber. Alguien debería de avisar a Iker Jiménez, aunque sea para que deje de repetir programas.

Y es que el castillo de Fumone guarda algunas de las mejores historias que se pueden escuchar en la zona. Para empezar, antes de llegar al niño embalsamado (si no puedes esperar para verlo te dejamos que saltes al siguiente apartado. Pero vuelve, eh, que nos conocemos) vamos a repasar brevemente la historia de esta fortaleza, una de las más bonitas y tétricas de Lazio.

Fumone, Lazio

Antes de que los papas se mudasen a Roma y fundasen el Vaticano, algunos de ellos vivieron en Agnani, o en Fumone. Este fue el caso de Bonifacio, el papa que además creó una prisión en su entonces castillo. En ella metió a su predecesor Celestino V que, aunque abdicó él solito y se fue por su propio pie, Bonifacio se empeñó en que no era de fiar y lo encerró en una pequeña celda del castillo (hoy abierta al público). Allí lo dejó hasta que se muriese de hambre y de sed, aunque no lo consiguió. Cansado de que Celestino V siguiese vivo, y ocupando un lugar en la casa, Bonifacio decidió partirle la cabeza con un clavo y a martillazos. Era de origen vasco.

También sirvió como torre de control, de ahí las vistas desde su azotea. Los reyes que vivieron posteriormente en él lanzaban señales de humo para avisar al pueblo ante un inminente ataque de los romanos. Precisamente de ahí viene su nombre Fumone, del fumus=humo. Latín puro. Ahora sí, llegamos al niño.

El niño embalsamado de Fumone

Esto es lo más tétrico que he visto nunca, junto con el museo de las momias de Guanajuato. En una de las salas del castillo de Fumone, más concretamente en la librería, hay un armario. No hace falta que lo abras, ya lo hará por ti el guía. Ahí está él, cual nenuco con todos sus vestidos y complementos, aunque sin los ojos oxidados.
Niño embalsamado, Fumone
niño enbalsamado, Fumone

Pero, ¿quién era este niño? Nos remontamos al año 1800- 1850 (Zzzzz, prometo ser breve) cuando la marquesa Emilia Caetani habitó el castillo. Esta señora, cuya foto se puede ver en varias salas de la casa (imagen inferior), tenía siete hijas. Ante la ausencia de un varón, la primogénita sería quien se llevase toda la herencia y la fortuna familiar. Hasta que nació el chico (esto nos suena, porque no nos queda tan lejos). Ante semejante injusticia, las hermanas, en vez de dedicarse a jugar con él a las mamás o malcriarlo, lo envenenaron. Lambino, que así se llamaba, murió a los 5 años de edad. Su madre se puso tan triste que, en vez de asistir a un psicólogo o suicidarse por depresión, tuvo la gran idea de darle una capa de cera y meterlo en el armario junto con todas sus cosas. Y así lo encontraréis.

Cena medieval en Fumone

Y como todo pueblo medieval que se precie, Fumone también cuenta con un restaurante al estilo Juego de Tronos: La taverna del Barone. Un lugar recubierto de madera, piedra y alguna que otra tela de araña donde podrás beber vino como si no hubiera un mañana, acompañado de la mejor carne y pasta italiana (tu madre siempre te ha dicho que la pasta no se cena, pero eso a Italia no llegó) acompañado de la música tradicional de la región de Lazio y de sus canciones más populares.

El lugar no sólo es de lo más auténtico, sino que también tiene historia, en este caso de amor. Como les gusta a los italianos eso de la seducción. Al parecer, el arco de su entrada, antes de subir las escaleras a su altillo, era llamado el “Arco de los suspiros”, pues guarda una historia de amor entre un barón de alta cuna y una doncella casada con el capitán de la guardia. El desenlace lo desconozco, pero lo imaginamos al estilo Romeo y Julieta, como todas las leyendas de amor. Originalidad a raudales.

Gracias a nuestra excelente guía Francesca.

Periodista digital especializada en viajes

3 Comments

  1. Que mal rollo. Buena historia, aunque como para hacer noche en el castillo :S

  2. El nombre no se debe a las “fumatas” de los Reyes, sino a que con humo avisaban a Roma cuando se avecinaban invasiones. Por eso existe un dicho que es “cuando Fumone fuma, Roma tiembla”

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