Liáng miàn

Conocí a Hung nada más aterrizar en el aeropuerto. Me estaba tomando mi tiempo intentando encontrarme cuando él se acercó. 

  • ¿Puedo ayudarte? ¿A dónde quieres ir? – me preguntó
  • Mira, no entiendo nada. ¿No habláis inglés?
  • No mucho -respondió

Estupendo, pasaría las próximas dos semanas en un país donde solo los más jóvenes chapurreaban algo en un idioma que ni siquiera yo controlaba demasiado. ¿Qué podría salir mal?

Le señalé en el mapa mi hostel y sonreí. 

  • Ah, te llevo, voy para la ciudad
  • Estupendo – dije mientras en mi cabeza no paraban de resonar las palabras de mi madre: “Hija, sobre todo no te subas en coches con desconocidos”. 

Tarde, ya estaba sentada en el asiento del copiloto. Muy feliz. “¡Qué suerte la mía!”, pensé. Podría haber pasado el resto de las vacaciones en aquella terminal sin entender ni siquiera dónde estaban los lavabos. O en la morgue, si fuera mi madre la que lo hubiera pensado. 

Después de un intercambio de presentaciones: “Soy española. No, no, ni Madrid ni Barcelona, de Asturias. ¿No lo conoces? Vaya, qué raro, con lo bien comunicado que está. He venido a hacer un reportaje. Bueno, ya no, hace un mes que me despidieron, pero ya estaba de viaje y bueno, aquí estoy”; Llegamos al hostel. 

Le agradecí a Hung su amabilidad, él me pidió que me apuntara su número. Me propuso  ir al día siguiente al mercado, acepté. Hasta entonces, si tenía cualquier problema insistió en que le llamara. Ok. No habían pasado ni cinco minutos cuando le sonó el teléfono. Era yo. “La recepcionista no me entiende”, le dije con tono desesperado. “Pásamela”. 

A ver, Laura, no puedes depender todo el rato de una persona que acabas de conocer, me dije. Además, esto no puede ser tan difícil. ¿Por qué no me había apuntado algunas frases recurso antes de venir? Pero, ¿qué narices hago yo aquí? “Era el vuelo más barato”, me consolé. Ah, es verdad. 

Mi estómago comenzó a rugir tan fuerte que volvió a lanzarme a la realidad. La calle, iluminada por farolillos rojos y luces de neón de los tropecientos restaurantes a cada cual más extraño, presentaba una curiosa mezcla de olores. En algunas zonas era nauseabundo, como si en ella vendieran tofu podrido. Y bueno, resultó ser uno de los platos estrellas del país. Seguí el rastro de los noodles hasta que llegué a un escaparate donde los estaban preparando en directo. ¡Qué mala pinta!, pensé. Pero mi estómago, impaciente, me arrastró hacia dentro. 

-Un plato de eso – dije apuntando con el dedo 

-Mmmm? #¬@4/*&1K-

-¿Eh? Un plato de noodles -repetí mientras se lo señalaba

Un hombre menudo, como todos, me ofreció sentarme en una de esas sillas de juguete que tanto les gusta a los asiáticos. A ellos les quedan perfectas, pero a los occidentales hace que nos sintamos como un gigante. Sí, incluso con mi poco más de metro y medio.

La media docena de comensales que había en el interior se giraron mientras el camarero gritaba cosas y me señalaba. Estupendo, era la única occidental en la sala y no sabía qué estaba haciendo mal. Sonreí mientras notaba como el calor me subía por el cuerpo hasta la cabeza y, desde mi silla de gnomo, volví a señalar el plato. “¡Maldita sea! Solo vendéis noodles, no puede ser tan difícil saber qué quiero”, quise gritar.  

Entre ellos comenzó una animada conversación. Me gustaría poder decir que no tenía nada que ver conmigo pero, sin saber yo nada de chino, todo apuntaba a que sí. ¿Qué quería esa gente de mí?

Estaba a punto de ponerme a llorar muy fuerte cuando un hombre se acercó con su móvil, había buscado un traductor.

– ¿Tienes alergia a los cacahuetes? -tradujo- La salsa de los noodles es de cacahuetes.

No podía creerlo. “Sois adorables”, quise responderles. Pero me limité a sonreír y a inclinarme cuál japonesa. Qué sabía yo de la cultura de aquel país. Nada.  

Liáng miàn

Lo engullí tan rápido que hasta yo misma me sorprendí con la destreza -hasta ese momento inexistente- con la que usé aquellos palillos metálicos. Ese plato que me había ocasionado tanta tristeza en un principio: noodles fríos cubiertos de salsa marrón de cacahuetes, se acababa de convertir en uno de mis platos favoritos de todos los tiempos. Solo lamenté que allí no existiera el pan. Hubiera mojado en su salsa la barra entera. 

Liáng miàn anoté en mi cuaderno de notas aquel 26 de agosto de 2017, en el que fue el mejor verano de mi vida. Hung me llevó a cenarlos al mercado al día siguiente, y el siguiente, y el siguiente… 

-Es comida de pobres, no creo que los encuentres por todo el país – me advirtió

Tenía razón. En cuanto dejé Taipéi no volví a verlos. La costa Este tenía unas playas paradisíacas increíbles, con palmeras y agua turquesa, pero ni rastro de los noodles con cacahuetes. “Claro, aquí hay dinero”, pensé mientras me sentaba en una de esas sillas diminutas de uno de los restaurantes más cochambrosos de Dulan. El camarero nada más verme comenzó el típico ritual de ¡Oh, Dios mío, una occidental! Pero antes de que se repitiera otra vez el numerito, me apresuré a pedir lo primero que había en la carta. Esa noche cenaría a ciegas, aunque el olor que provenía de la cocina hizo temerme lo peor. Y acerté. Esa noche tocaba tofu podrido.

#Elveranodemivida

Periodista digital especializada en viajes

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